Te quiero confesar algo. No ha sido un camino fácil.
He tenido muchas dudas a lo largo de mi vida, pero siempre he tenido una voz interna que me ha hecho creer en mí. ¿Te suena?
De pequeño fui un niño con una infancia muy feliz. La adolescencia fue más complicada: violencia doméstica, drogas, cambios de ciudad, de colegio, de amistades. Me perdí.
El pádel.
Empecé a jugar en 2008 gracias a mi hermano. Nos llevamos 15 años de diferencia y no teníamos nada en común — hasta que llegó el pádel. Nos unió.
Desde que descubrí este deporte no he parado de pensar en él ni un solo día. Seguro que a ti también te ha pasado.
Me obsesioné con encontrar mi mejor versión. Entrenaba 5 días a la semana, pista y físico. Tuve varios trabajos de mierda para poder permitírmelo. Competí a nivel federativo por Andalucía.
Siempre fui muy analítico, empático y supe escuchar — facetas que yo pasaba por alto pero que mi entrenador supo apreciar. Me ofreció la oportunidad de formarme como entrenador, una idea que me ilusionaba mucho.
Me formé durante varios años con los mejores entrenadores del momento. Quería ofrecer lo mejor. Porque siéndote sincero: de jugar no iba a comer.
Empecé a dedicarle mucho tiempo a la enseñanza y menos a la competición. Me di cuenta de que disfrutaba más transmitiendo mi idea sobre este deporte que compitiendo.
Había encontrado mi pasión. Donde el tiempo desaparece.
Estuve durante 10 años trabajando en los mejores clubes de Marbella, donde conocí y ayudé a muchos jugadores a mejorar su pádel.
Desde el día uno que entras en pista conmigo, me obsesiona el proceso de convertirte en mejor jugador — y por consecuencia, en mejor persona.
Los valores que construyes para ser un gran jugador — paciencia, disciplina, constancia, compañerismo, resiliencia — son los que al final te convierten en una persona de gran valor.